domingo, 4 de marzo de 2018

Renglones torcidos.

Ya no recuerdo el significado de fuerza, ni siquiera recuerdo cómo me sentía cuando creía en ella como aliada. Olvidé esa época en la que me coronaba reina, guerrera, o lo que fuera.
Cambié mi valor por tristeza vestida de falsa esperanza, mi armadura por coraza, mi espada por cadenas y mi escudo...él tan solo desapareció.

Cambié todo, para conseguir nada.

Me encuentro corriendo a ciegas en un laberinto de luz oscura, y al caer la noche mis dedos solo quieren recorrer las frías sábanas buscando toparse contigo, pero tú no estás desde ayer, o puede que desde hace meses, puede que nunca estuvieras.

Ojalá cánticos de sirenas que me arrastren al mar para volver a sentir la alegría que perdí.

Hace tiempo que no escribo en línea recta y ahora vivo divagando, me pierdo entre las sombras de mis pensamientos, monstruos que me controlan y que se burlan tirándome al suelo como si de una pelota me tratara.

Y ya en el suelo me pregunto, ¿Qué hice mal? ¿A quién hice tanto daño? ¿Por qué estoy pagando semejante castigo? ¿Acaso estoy pagando la deuda de otra persona? ¿De otra vida?

En serio, ¿en qué me he equivocado?

Yo, que de niña me acostaba suplicando para que no murieran las hadas.

Yo, que hacía montones con las hojas en otoño, para que no pasaran frío.

La misma yo que admiraba las nubes, aunque estas taparan el sol.

¿Acaso esas hadas debían morir? ¿Esas hojas estaban destinadas a tiritar separadas? ¿Las nubes se sintieron amenazadas al ser observadas?

Quizás me equivoqué entonces. Lo lamento.

Cierro los ojos. Sigo tumbada. Ahora lágrimas ácidas brotan de mis ojos. Comienzo a recordar cómo me siento, releo todo lo que estoy escribiendo con mis torcidos renglones.

De pronto lo noto.

Siento como alguien estira de mi brazo, abro los ojos al notar ese calor que me lleva a la superficie de ese lago en el que me estaba ahogando. Entonces te miro, te reconozco. Nunca te fuiste, ni ayer, ni hace unos meses, siempre has estado ahí para recogerme.

En este momento la coraza pesa menos, las cadenas son más cortas, siento que el traje de mi tristeza puede que tenga algo de esperanza real y mi escudo, no desapareció, lo tengo delante agarrándome de la mano para transmitirme algo de fuerza.

Y ahora sí, por fin, ahí están las sirenas, ahora escucho sus voces, las noto lejanas, como la voz de un antiguo recuerdo agradable. Pero al menos las oigo.

Estoy a salvo, lo sé cuando ya a flote sigues a mi lado.

Solo puedo alzar la mirada para reflejarme en tus ojos. Verdes o azules, ¿Quién sabe?

Lentamente y con miedo a que te esfumes separo mis labios para pedirte un último favor.

No me sueltes, por favor.

sábado, 2 de septiembre de 2017

Ojalá.

Risas, palabras, destellos de luz propia bailando al unísono alrededor de una cálida llama aparentemente eterna. Bailan y juegan inocentes, sonríen en paz y los latidos de sus corazones marcan un ritmo vivo que les anima a seguir bailando, sin miedo, tanto tiempo como ellos quieran, o eso quieren creer, porque todo está bien.

Entonces tú, otra vez, fuerte y sin invitación te presentas, dañando todo lo que ves a tu paso, apagando cualquier llama que se alce, aunque eterna parezca, silenciando latidos que una vez sonaron, ¿dónde?, quién sabe, pero sonaron.

Te presentas como tormenta en un mar calmado, como huracán donde solo había brisa o como un tigre en el hogar de las gacelas. No te importa nada, solo quieres parar esos destellos que una vez bailaron, el resto da igual.

Ojalá risas, ojalá palabras, ojalá luz bailarina.

Y me haces huir, me haces odiarme, me haces partícipe de tu presencia, me haces culparme por tu existencia, me haces teñirme de negro y te enfadas si lloro, aunque ese fuera tu objetivo, me haces arrinconarme en lo más profundo de mí, me haces oírte y me haces agrandar tu ego, aunque eso solo ahogue más a esa débil llama que lucha por encenderse de nuevo. Demasiados me haces, ojalá no existieran.

Callo, aunque grito, aunque no debería. 

Ojalá risas, ojalá palabras, ojalá luz bailarina.

Sufro sabiendo lo que soy. Soy todo y nada en concreto, soy la suma de la cálida llama y el huracán enfadado, soy la consecuencia de una mala influencia. Soy un daño colateral.

Nada era así al principio, y nunca debió cambiar. No recuerdo qué pasó, ni quiero recordar. Sé que la tormenta acaba dejando tranquilo al mar, que el ojo del huracán acaba cerrándose, que el tigre se va. Sé que tú te marchas, permitiéndome encender el cálido fuego una vez más, haciéndome creer que esa habrá sido la última vez que vienes. Y todo vuelve a brillar, se vuelve a bailar alrededor de la llama, se vuelven a escuchar latidos, surgen de nuevo las risas, porque todo está bien.

Pero no, nada está bien.

El tiempo no siempre cura las heridas, a veces las acentúa, pero no le culpo por haberme cambiado, por haber enfriado parte de mi brillo, por haberme prohibido bailar a mis aires, por haber cambiado el silencio por los gritos enfadados. Ojalá pudiera culparle, ojalá hubiera alguien a quien culpar.

Ojalá risas, ojalá palabras, ojalá luz bailarina. Ojalá.



Premio a la mejor autora comarcal en la modalidad de poesía XI Certamen literario "Rodrigo Manrique" Villa de Siles.